A la par del 50º aniversario del inicio del último gobierno militar en la historia argentina, Felipe Pigna publicó su nuevo libro, “76”, una obra esencial para comprender las condiciones políticas, económicas y sociales que propiciaron el golpe de Estado. Lejos de situar el comienzo del declive institucional únicamente en aquella madrugada del 24 de marzo, el historiador se retrotrae a los años previos. El texto propone una lectura profunda sobre cómo se llegó a la ruptura del orden democrático tras la muerte de Juan Domingo Perón, el descalabro económico conocido como el Rodrigazo y el avance represivo desde las propias estructuras del Estado.
En diálogo con Rosario3 y Radio 2, el autor reflexionó sobre la complejidad de aquellos años y destacó la existencia temprana de persecución ideológica y centros de detención. En ese sentido, hizo especial hincapié en lo ocurrido en la provincia de Santa Fe al recordar que, en el caso puntual de Acindar, la fábrica cuyo presidente era Martínez de Hoz tenía en la propia planta un centro clandestino de detención en la localidad de Villa Constitución, que operaba de manera ilegal ya en 1975.
Durante la entrevista, Pigna no esquivó el análisis del presente institucional. Advirtió sobre el crecimiento de los discursos hostiles, la falta de empatía y la normalización de actitudes discriminatorias en el país. Cuestionó severamente el tono del gobierno nacional, trazando conexiones preocupantes con otros momentos históricos, y aseguró que “hay una cosa con el odio y con la violencia que va adelante, sobre todo por un presidente que insulta a periodistas, a políticos, a empresarios, a obreros, a discapacitados”.
—El libro 76 habla del golpe y la dictadura, pero hace mucho énfasis en todo aquello que tuvo que romperse antes para que todo eso fuera posible. ¿Esa fue la pregunta que realmente quisiste trabajar?
—Sí, claramente. Me parecía que era muy importante que la cosa no arrancara el 24 de marzo, porque la cosa no arrancó el 24 de marzo. Entonces, me parece que hay que contar la historia completa, pero completa de verdad. Qué pasó antes, qué pasó con la violencia, con la economía, con el hartazgo que tenía la población, con los preparativos del golpe, que fueron muy minuciosos, con los civiles y los militares que lo pergeñaron. Todo eso era necesario arrancarlo bastante antes y eso fue lo que hice en el libro, que a mí mismo me sorprende que vaya muy bien en ventas al punto de estar primero a nivel nacional.
—¿Pensabas que no iba a haber interés en ese proceso?
—No, descontaba que hubiera interés. Pero en un ambiente de tanto negacionismo y tanta cuestión, me parecía que era difícil y por eso me pareció interesante publicar el libro.
—Si tuvieras que explicarle a alguien joven qué es lo que pasó entre el 73 y el 76, ¿qué dirías?
—Fue un dramático desencuentro que terminó trágicamente. Con un Perón que venía con ideas de retomar algunas de las buenas causas del primer peronismo, en un contexto muy complejo; una juventud que quería cambios demasiado rápidos y apurados; y un contexto mundial muy desfavorable, que tenía que ver con la crisis del petróleo, una situación parecida a la que complicó mucho aquella alianza de clases que propuso Perón. La cosa se fue tensando y quizás solamente se mantuvo de manera relativa la paz social por la presencia de Perón. Pero ya con Isabel la cosa fue imposible y terminó explotando en el Rodrigazo, en el 75, que para mí es un año definitivo.
—¿Por qué?
—Porque es un año en el que la guerrilla comete los más grandes errores al lanzar ataques increíbles a cuarteles en un momento en que las Fuerzas Armadas ya estaban preparando el golpe, y eso fue un elemento de justificación para ellos. Y el año del Rodrigazo fue un plan económico muy bien pensado por gente que luego va a integrar el equipo de Martínez de Hoz. Esta idea de echar nafta sobre el fuego era una manera de preparar a la sociedad para lo que venía.
—¿Cuánto pesó la muerte de Perón en toda esa degradación política y en los enfrentamientos internos?
—Ya Perón había optado por un sector del movimiento que no era justamente la izquierda. Se había recostado más sobre los sectores tradicionales, sobre el sindicalismo, muy manipulado también por López Rega. Pero claro, la muerte de Perón marcó un quiebre en el liderazgo. Porque quedan una figura muy débil como la de Isabel, muy manipulada por este personaje nefasto que es López Rega, y una crisis política, una crisis de representación, donde la oposición tampoco se puso ahí como una alternativa. Todo esto era el contexto tremendo del 75, donde ya, por ejemplo, estaban funcionando los campos de concentración en Tucumán, en San Nicolás y en Villa Constitución.
—Mencionabas que había centros de detención ya en el año 75. ¿Quién los manejaba?
—Esos centros de detención estaban manejados, por ejemplo, en el caso de Tucumán, por el Ejército directamente, porque había habido un decreto de Isabel que autorizaba a las Fuerzas Armadas a operar militarmente con la palabra “aniquilar al enemigo” en esa provincia a principios del 75, y después a nivel nacional. Y en el caso puntual de Acindar, la fábrica cuyo presidente era Martínez de Hoz, tenían en la propia planta un centro de detención clandestina.
—En la planta de Villa Constitución...
—Sí, exactamente. Ahí funcionaba un centro clandestino ya en el año 75, que por supuesto siguió funcionando en el 76.
—¿El golpe de Estado tuvo consenso social real o había una situación vinculada a la idea de que cualquier cosa podía ser mejor que lo que había?
—Era tal el desprestigio del gobierno de Isabel Perón que predominaba esa idea de que cualquier cosa podía ser mejor, además de que teníamos una cultura de golpes de Estado durante todo el siglo XX. Ya en el 76 habíamos tenido cinco golpes previos, ya la gente sabía lo que era un golpe. Está muy estudiado, afortunadamente tenemos mucha bibliografía producida en los últimos 15 o 20 años. Guillermo O'Donnell habla de un sector social que quería una especie de revancha social, que tenía que ver no solamente con los sectores poderosos, sino también con otros que consideraban que había una juventud demasiado envalentonada, una sexualidad demasiado expuesta. Buscaban como una vuelta a cierto orden que esta gente (los militares) venía a garantizar.
—Además de las organizaciones armadas, los blancos de la represión fueron distintos sectores que planteaban un pensamiento divergente. ¿Se trataba de producir algo así como un disciplinamiento social definitivo?
—Totalmente. Esa palabra es la exacta: definitiva. Un escarmiento. Yo uso mucho la expresión “escarmiento para siempre”. La intención era esa. No solo porque la guerrilla no era el principal objetivo, porque la guerrilla era fácilmente aniquilable y así fue en el terreno militar, sino porque la palabra “subversión” para ellos era muy amplia y abarcaba a actores, artistas, pintores, músicos, escritores. Fueron violentamente perseguidos y tenemos muchísimos desaparecidos que no tuvieron absolutamente nada que ver con la guerrilla.
—Hubo mucha censura también para la cultura que no militaba...
—Claro, el exilio fue tremendo. Cientos de miles de argentinos se fueron al exilio. Fijate, por ejemplo, en el tema de la música: la censura era tan amplia que los operadores de radio no sabían qué poner, porque había temas de Cacho Castaña prohibidos, temas de Roberto Carlos. Y entonces ahí operaba la autocensura, que era un poco lo que ellos buscaban: que estuvieras tan desconcertado que no supieras finalmente qué hacer, qué escribir, qué decir, con quién hablar.
—¿Qué herramientas nuevas aporta tu libro para combatir el negacionismo en las nuevas generaciones?
—Al libro lo pensé muchísimo para los jóvenes, porque no vivieron ese momento y, por lo tanto, me parecía importante no ocultar nada y contarles cómo estaba el país al momento del golpe y por qué el golpe, en principio, tuvo cierta popularidad o cierto consenso. Yo hablo mucho con los jóvenes, voy a muchas escuelas, y en general no voy a dar charlas, sino a responder preguntas. La verdad es que lo que noto es que los chicos tienen una carencia tremenda de escucha, poca gente los escucha. Y ahí la cosa se torna muy interesante. Veo muchos chicos que están leyendo el libro y me paran por la calle, me dicen “qué bueno esto” y me hacen preguntas, no pueden creer lo que pasó. Creo que también hay intenciones manipuladoras que yo creo que es un poco más que negacionismo: es justificación, es una especie de apología de lo que pasó.
—¿Ves en este tiempo alguna especie de patrón de agresividad política que te recuerde a esos años previos al 76?
—Es muy difícil, porque la incitación a la violencia de parte del presidente es permanente. Es una persona violenta que permanentemente está incitando a la violencia y eso es una cosa espantosa, muy mala para todos, porque lleva a que alguna gente entre en ese terreno y también entre en la cuestión violenta. Lo que uno ve es que hay una cosa con el odio y con la violencia que va adelante, sobre todo por un presidente que insulta a periodistas, a políticos, a empresarios, a obreros, a discapacitados. Es una cosa que yo no recuerdo en la historia argentina; no recuerdo nada parecido.
—Mencionabas a López Rega y su influencia. En el libro contás una escena muy reveladora: cuando Cámpora gana las elecciones del 73 intenta comunicarse con Perón y, de alguna forma, López Rega se interpone.
—Sí, es un material documental muy interesante. El día que Cámpora gana las elecciones está en la sede del Partido Justicialista, en Palermo, y llama a Perón. Atiende Isabel y él le dice: “Señora, me gustaría hablar con el general para contarle de nuestro triunfo”. Ella le responde: “Bueno, espere un segundo”. Entonces se produce un silencio largo, una espera. Y finalmente se escucha: “Doctor Cámpora…”. Pero no era Perón: era López Rega. O sea, Cámpora no pudo hablar con Perón y terminó hablando con López Rega. Eso ya te muestra una estructura de poder muy significativa, una mediación muy fuerte, un filtro muy inquietante.
—Vos planteás que el negacionismo actual es incluso algo más que negacionismo. ¿Por qué?
—Porque muchas veces no se trata solamente de negar lo que pasó, sino de justificarlo. Y eso es distinto, y en algún punto más grave. Cuando se intenta relativizar el terrorismo de Estado, cuando se empieza a hablar de “excesos” o de “contextos” para atenuar la responsabilidad de lo que ocurrió, ya no estamos solo frente a una negación. Ahí hay una operación de justificación, una especie de apología encubierta. Y eso es muy peligroso, sobre todo cuando circula entre jóvenes que no vivieron esa época y que necesitan información seria, contexto histórico y verdad documentada.
—También decías que el consenso social con el golpe no fue necesariamente homogéneo ni entusiasta, pero que sí hubo formas de acompañamiento o de tolerancia.
—Claro. Hubo un consenso pasivo muchas veces, y a veces activo. No fue siempre una adhesión explícita, pero sí una disposición social a aceptar lo que venía como si fuera una salida. Y eso tiene distintas explicaciones: el hartazgo, el miedo, la descomposición política, la crisis económica. Pero también hubo colaboración civil concreta. Una forma bastante dramática de medir eso es la cantidad de denuncias que hubo contra personas que no necesariamente venían de organizaciones armadas ni de estructuras militantes. Mucha gente fue señalada, delatada o entregada por civiles comunes. Y eso también forma parte de la historia que hay que contar.
—Ahí aparece una pregunta muy actual: cómo se rompe una democracia. Porque muchas veces se la imagina como algo que se quiebra de golpe, pero lo que vos mostrás es un proceso.
—Totalmente. Las democracias no necesariamente se rompen de un día para el otro. A veces se van degradando, se van vaciando, se van acostumbrando a ciertas cosas. Y eso es lo inquietante. Por eso me interesa tanto reconstruir el clima previo al golpe, porque ahí aparecen señales muy importantes: la naturalización de la violencia, la pérdida de empatía, el desprecio por el otro, la aceptación de discursos cada vez más agresivos, la idea de que determinadas personas sobran o molestan. Todo eso no empieza con los tanques en la calle. Empieza mucho antes. El Papa Francisco recomendaba mucho un libro muy interesante que se llama “Síndrome de 1933”, de Siegmund Ginzberg. Es un libro breve, muy claro, y él insistía en leerlo porque ayuda a pensar cómo determinadas sociedades se van acostumbrando a lo intolerable. Cómo se va naturalizando la misoginia, el racismo, la discriminación, el odio, el autoritarismo. Cómo ciertos discursos que en otro momento hubieran generado rechazo empiezan a circular como si fueran normales. Y eso me parece muy útil para pensar también lo que estamos viviendo.
—¿Qué cosas te preocupan especialmente del presente en ese sentido?
—Me preocupa mucho la normalización del odio. Me preocupa que se naturalicen la crueldad, la agresión, el desprecio por los sectores más vulnerables. Me preocupa también cierto individualismo extremo, esta idea de que si a mí no me pasa, entonces no importa. Que no importe el Garrahan, que no importen los discapacitados, que no importe el sufrimiento del otro. Eso en una sociedad como la argentina, que históricamente fue una sociedad muy solidaria, es muy fuerte. Y me parece que ahí hay una señal de alarma. No porque estemos en la misma situación histórica, porque las comparaciones lineales nunca sirven, pero sí porque hay climas, lenguajes y mecanismos que conviene mirar con muchísima atención.
—Si tuvieras que dejar una advertencia o una enseñanza principal del período que reconstruís en 76, ¿cuál sería?
—Que ninguna democracia está garantizada para siempre. Que la democracia hay que cuidarla todos los días. Que no se rompe solamente cuando aparece un golpe militar, sino también cuando se deteriora la convivencia, cuando se banaliza la violencia, cuando se pierde la noción del otro como semejante. Y que por eso es tan importante estudiar el pasado con honestidad, sin simplificaciones, sin consignas vacías y sin trampas. No para quedarse viviendo en el pasado, sino para entender mejor el presente.



