El fenómeno Bad Bunny no es musical. Es político. No porque haya pronunciado un manifiesto, fundado un partido o aspire a un cargo, sino porque ocupa un lugar estratégico en la disputa por la hegemonía cultural del siglo XXI. En la política contemporánea, el poder no se ejerce únicamente desde el Estado. Se ejerce desde la producción de sentido. Y ahí, los artistas son actores estructurales, arquitectos del imaginario colectivo.

La política clásica operaba sobre territorio, recursos y coerción. La actual opera sobre construcción simbólica, narrativa y legitimidad. En la era de la comunicación total, quien define identidad, define poder. La batalla se libra en la creación de pertenencia y en la gestación de sentido colectivo. Es exactamente en esa intersección donde cultura y poder se superponen. Es en ese terreno donde Bad Bunny despliega su influencia.

Su centralidad coincide con un dato estructural que ninguna lectura seria puede ignorar: la población latina en Estados Unidos supera los 60 millones de personas, casi uno de cada cinco habitantes del país. En las últimas dos décadas, el crecimiento demográfico latino explicó más de la mitad del aumento poblacional total. Sin esa expansión, Estados Unidos estaría mucho más cerca del estancamiento demográfico que enfrentan Europa o Japón.

En otras palabras, la vitalidad demográfica estadounidense del siglo XXI tiene rostro latino.

Bad Bunny con la bandera de Puerto Rico durante su show de medio tiempo en el último Superbowl de la NFL. (Foto: EFE)
Bad Bunny con la bandera de Puerto Rico durante su show de medio tiempo en el último Superbowl de la NFL. (Foto: EFE)

Además, la población latina es significativamente más joven que el promedio nacional. Mientras la edad media del país ronda los 38 o 39 años, en la comunidad latina se ubica cerca de los treinta. Eso implica que su peso electoral no sólo es relevante hoy sino que está estructuralmente destinado a crecer. En términos económicos, el poder adquisitivo latino supera los 3 billones de dólares anuales. Si se lo considerara como economía independiente, sería comparable al PBI de potencias medianas del sistema internacional.

Lo latino, por lo tanto, no es un segmento marginal. Es un actor electoral decisivo en estados clave y un motor económico con influencia creciente en consumo, medios y política pública. Además, lo interesante de esta generación es que ya no pide permiso para ocupar el centro del sistema. No negocia traducción cultural ni suaviza su pertenencia para encajar. Lo que durante décadas fue periferia cultural hoy disputa el centro narrativo.

Pero aquí aparece la paradoja.

Ese gesto identitario –un show de Bad Bunny completamente en español– ocurre dentro del corazón del capitalismo cultural global. No es marginal. Es mainstream. Y cuando algo es mainstream, ya no es insurgencia pura sino que es parte del dispositivo. El capitalismo contemporáneo no responde a esa transformación con resistencia frontal. Responde con integración. Ha aprendido que es más eficiente absorber la crítica que reprimirla, convertir la identidad en mercado antes que confrontarla como amenaza.

La rebeldía ya no se censura, se patrocina. La diferencia ya no se excluye, se monetiza. El sistema no necesita silenciar a figuras como Bad Bunny porque puede incorporarlas al circuito de legitimación y beneficio económico. En apariencia, todos ganan.

De esta manera, el puertorriqueño funciona como una figura doble. Para millones, es afirmación de pertenencia y representación cultural. Para la industria, es un activo estratégico que amplía mercados y diversifica audiencias. Ninguna de las dos dimensiones invalida la otra. Ambas coexisten.

Esa articulación genera una tensión estructural. Para sectores progresistas, la consolidación de una presencia latina visible en el centro cultural confirma una transformación irreversible del país. Para sectores conservadores, esa misma transformación se percibe como desplazamiento identitario y erosión de una narrativa tradicional de nación homogénea. El conflicto no es musical, es civilizatorio. Es una disputa por quién define qué significa “América” en una sociedad plural y en transición demográfica.

Para la NFL, aunque su finalidad sea el entretenimiento, el cálculo también es político. Integrar a una figura latina de alto impacto en su producto más importante implica reconocer que su base social está cambiando. Es una estrategia de reposicionamiento en una sociedad donde lo latino ya no es periférico sino central. La liga no sólo vende fútbol americano: vende una imagen del país que pretende representar.

En términos geopolíticos, el episodio revela cómo Estados Unidos negocia su propia autodefinición en un orden global en transición. Frente a políticas migratorias duras y tensiones culturales internas, un espectáculo de masas se convierte en campo de disputa por el significado: ¿qué significa ser “americano”? ¿Y norteamericano? ¿Qué relatos dominan? ¿Quién tiene autoridad para definir esa pertenencia? La respuesta no se juega únicamente en el Capitolio, sino en cada acto comunicativo que modela el sentido común.

Desde la comunicación política, la actuación fue un significante profundo: alteró marcos de interpretación, tensionó definiciones de pertenencia y obligó a actores políticos a posicionarse. Cuando un artista redefine un término tan cargado como “América” en un escenario global, no se está haciendo folklore. Se está disputando poder simbólico.

Lo cierto es que la política del espectáculo no suprime la crítica sino que la hace resonar en frecuencia más alta. Sin embargo, esa resonancia debe convertirse en acción colectiva concreta si quiere transformar las estructuras políticas y económicas que subyacen a las narrativas culturales. El puertorriqueño abrió un espacio simbólico, pero la energía cultural se vuelve poder real cuando se traduce en incidencia concreta y no queda en experiencia emocional.

En ese punto se entiende el verdadero significado político de la presencia de Bad Bunny. No se trata simplemente de un corrimiento cultural, sino de una prueba de tensión para la arquitectura simbólica del país. Cuando el centro empieza a hablar con otros acentos, la cuestión ya no es quién canta, sino quién tiene la potestad de definir la nación. Y esa disputa no se resuelve con aplausos ni métricas: se resuelve allí donde identidad, poder y estructura finalmente se encuentran.