La semana que pasó no fue una más de diplomacia internacional. Fueron días en los que quedó al descubierto el cambio de época. Aunque lo ha hecho durante décadas, Washington ya no busca fortalecer el sistema internacional existente, sino crear mecanismos paralelos, más rápidos, más obedientes y —sobre todo— más controlables.
El episodio revelador ocurrió en Davos. Allí, Donald Trump presentó un Consejo de Paz, como mecanismo para supervisar el alto el fuego y la reconstrucción de Gaza. Pero el núcleo del asunto no es Gaza. Es el diseño institucional propuesto: un organismo pensado por fuera del multilateralismo clásico y flexible. Es selectivo, con reglas propias y con el sello personal del presidente estadounidense.
El mandatario lo anunció como un instrumento de resolución de conflictos. Pero en los hechos, lo que se vio no fue el nacimiento de una institución para contener guerras. Fue el ensayo de una arquitectura política diseñada para reemplazar la legitimidad por obediencia.
El 20 de enero en la Casa Blanca, Trump lo expresó claramente al sugerir que Naciones Unidas debería continuar “por su potencial”, pero su Consejo de Paz “podría” reemplazarla. Además de ser una provocación, lo dicho marca un giro que Washington venía sugiriendo: si Naciones Unidas no se reforma al ritmo del poder estadounidense, se la rodea. Y si se la puede rodear, se la vuelve prescindible.
La crítica del mandatario al organismo internacional —que funciona desde 1945— es que es ineficaz, lento e incapaz de terminar guerras. Sumado a esto, en pocos días el gobierno estadounidense anunció su retiro definitivo de 66 organizaciones internacionales, incluidas agencias y foros como la Organización Mundial de la Salud, la UNESCO, la Organización Internacional de Migraciones y el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas. El mensaje es consistente: abandonar lo que estorba y reemplazar lo que no puede controlar.
La lógica que propone su Consejo de Paz no es arreglar el multilateralismo, sino crear uno paralelo, con marca propia y liderazgo personalista. La “paz” deja de ser un principio jurídico universal y pasa a ser un dispositivo de gobernanza diseñado por un actor dominante.
Aquí la letra chica es lo más importante. Un borrador de la carta del organismo —según Reuters— incorpora estos elementos: Trump como presidente vitalicio, con amplios poderes ejecutivos, con capacidad de veto, de remover miembros y la posibilidad de comprar un asiento permanente mediante un aporte de 1.000 millones de dólares. Si ese diseño avanza, la paz se convierte literalmente en un club: se paga para tener voto, se entra por alineamiento, se sale por disidencia. Eso no es un organismo multilateral. Es un club de poder.
Y hay un dato que termina de ordenar el rompecabezas: el “Consejo de Paz” fue presentado como parte de un plan para Gaza, pero el borrador de la carta no menciona Gaza en ningún momento. En su lugar, describe una visión global de un organismo controlado por Estados Unidos para intervenir en conflictos en todo el mundo. Es decir, Gaza sería el envoltorio. El producto real es una “Naciones Unidas paralela” bajo control estadounidense.
La posguerra es el momento perfecto para rediseñar soberanías. Reconstruir es gobernar. Quien reconstruye decide quién administra, quién cobra, qué se considera seguridad y qué se considera amenaza. Bajo esta lógica, el Consejo de Paz no sería una herramienta humanitaria, sino un mecanismo para definir el orden político posterior.
En el mundo diplomático, el concepto se instaló rápido: una “Naciones Unidas de Trump”, construida por fuera (y en parte contra) de los fundamentos de la carta del octogenario organismo. La preocupación no es retórica: si prospera, el Consejo de Paz no compite con Naciones Unidas, la debilita. El motivo es simple: una institución universal es lenta porque está obligada a justificarse. En cambio, una institución diseñada ad hoc es rápida porque no rinde cuentas a todos, rinde cuentas a quien la controla.
Lo interesante es que, desde Naciones Unidas, no se respondió con confrontación, sino todo lo contrario. El secretario general António Guterres, según su portavoz adjunto, sostuvo que los Estados miembros son libres de asociarse en diferentes grupos. Es una respuesta diplomática, pero también una señal de fragilidad. En un mundo donde el poder empieza a operar por fuera de los mecanismos universales, la principal institución multilateral enfrenta el peor escenario: no ser derrotada, sino ser ignorada.
Si alguien dudaba sobre el verdadero ADN del Consejo, Canadá dio la respuesta. El primer ministro Mark Carney habló en Davos sobre una ruptura del orden internacional y criticó el uso de la integración económica como herramienta de coerción. No discutió a Trump como persona: discutió la doctrina. La reacción fue inmediata. El estadounidense retiró la invitación a Canadá al Consejo de Paz.
Ese movimiento fue más revelador que cualquier comunicado. Demostró que el Consejo no es un mecanismo universal ni neutral: es una herramienta de premios y castigos. En otras palabras, no es una institución para resolver conflictos, sino una institución para ordenar alineamientos.
Como era previsible, Europa quedó paralizada en su dilema permanente. Reino Unido, Francia, España, Alemania e Italia no se sumaron. Pero tampoco confrontaron. Europa entiende la toxicidad institucional del proyecto, porque erosiona Naciones Unidas y normaliza un multilateralismo selectivo. Pero al mismo tiempo, teme el costo de pelearse con Washington. Entonces, gana tiempo. Y en geopolítica, ganar tiempo frente a un actor que acelera suele equivaler a perder espacio.
En cambio, el Consejo sumó países como Argentina, Paraguay, Bahréin, Marruecos, Pakistán y Turquía. A excepción de la Argentina de Javier Milei, que profesa un alineamiento irrestricto a Estados Unidos sin importar lo que la administración trumpista haga o deje de hacer, el resto lo hizo por cálculo. Estar dentro garantiza acceso, visibilidad y una silla en la mesa de decisiones. En un mundo más coercitivo, la proximidad al poder vale más que la retórica de principios.
Más allá de ello, la reacción no se hizo esperar y empezó a organizarse. Esta misma semana, Lula da Silva y Xi Jinping conversaron específicamente sobre la iniciativa del Consejo de Paz y acordaron mantener distancia, en un gesto que no es solo diplomático, sino político: defender a Naciones Unidas como ‘papel central’ de la comunidad global frente a un organismo paralelo diseñado en Washington. En la misma línea, India también evitó sumarse, señalando que incluso potencias del Sur Global con agendas divergentes coinciden en desconfiar de un multilateralismo por invitación.
Lo que se está jugando —en el fondo— es el modelo de gobernanza global del siglo XXI. Lo cierto es que, más allá de que el “multilateralismo por invitación” parezca eficiente desde el punto de vista operacional, tiene un defecto estructural evidente: desplaza la legitimidad por control. Por eso su consecuencia no será nunca la pacificación, sino la fragmentación del orden internacional.
Y la historia ya ha demostrado que la fragmentación multiplica conflictos y que, sin universalidad, la paz se vuelve privilegio.



